No comenzamos con un plan de negocios.
Nuestra historia empieza con tres personas necesitando algo distinto, al mismo tiempo.
- Una persona muy cercana que convivía con varias sensibilidades alimentarias — y con la resignación de siempre: lo que le tocaba comer era casi nunca lo que le apetecía.
- Mi hijo menor que acababa de cerrar un negocio por el impacto del COVID.
- Y yo, que pasados los 60 buscaba un nuevo proyecto que me sirviera de plan de retiro.
Tres necesidades distintas. Un mismo momento.
Lo que existía en el mercado no resolvía nada de esto.
Pan que sabe a cartón. Galletas que se deshacen. La resignación de aceptar menos, plato tras plato. Todo diseñado para «cumplir», no para gustar.
Y nosotros no teníamos ni obrador, ni receta, ni experiencia en panadería. Teníamos treinta años de ingeniería industrial — plataformas petrolíferas en Maracaibo, megaproyectos en Emiratos, Corea, Arabia Saudí, Bélgica, Portugal — y una pregunta que no se iba: ¿es esto a lo que quiero dedicar lo que me queda?
¿Y si, en lugar de aceptar la alternativa, construíamos lo que faltaba?
No hacemos productos para celíacos. Hacemos productos para personas que no quieren sentirse diferentes.
Esa idea nació aquí, en casa, mucho antes de tener un obrador donde hacerla realidad.
NECSR, aplicado primero a nosotros
Hoy usamos NECSR para diagnosticar a nuestros clientes. Pero la primera vez que lo usamos, sin saber todavía que tenía nombre, fue con nosotros mismos.
N — Negocio. No teníamos un negocio. Teníamos tres motivos que convergían: una sensibilidad alimentaria real en casa, un cierre forzado por el COVID, y una pregunta sin responder después de treinta años de ingeniería.
E — Ecosistema. Madrid, donde llegamos desde Venezuela en 2007. Algo de efectivo. Muchas ganas. El apoyo de un asesor. Un crédito bancario. Ningún atajo.
C — Carta. No teníamos receta. Teníamos disciplina — la misma que se aplica a una planta industrial, aplicada ahora a una masa. Probamos 200 fórmulas. La mayoría acabó en la basura.
S — Sistema. Abril de 2021, una vieja churrería en Chamberí. Un pan que no crecía y no sabíamos por qué — hasta que un descuido lo dejó de más en el horno. Se quemó. Y creció. Ahí estaba la respuesta que llevábamos meses buscando.
R — Resultado. De 600 panes al mes pasamos a 1.000 al día. A finales de 2025 mudamos el obrador a Coslada — más espacio, más capacidad, la confirmación de que esto había dejado de ser un experimento.
LA HISTORIA COMPLETA
Antes de Casa Brioche hubo treinta años de ingeniería. Plataformas petrolíferas en Venezuela, megaproyectos en Emiratos, Corea, Arabia Saudí, Bélgica, Portugal. Un currículum impecable. Y una pregunta que no se iba.
Llegamos a Madrid desde Venezuela en 2007. La respuesta tardó, pero llegó el día en que dejó de poder ignorarse.
Alguien muy cercano vive con varias sensibilidades alimentarias. Si tienes a alguien así cerca, conoces la resignación: el pan que sabe a cartón, la galleta que se deshace, el momento en que dejas de esperar que algo «sin» pueda estar bueno. Nos parecía inaceptable.
La señal definitiva la trajo la cocinera de un restaurante cercano que venía cada semana a por nuestro pan de hamburguesa. La pareja del dueño era celíaca; era la única forma que tenía de comerse una hamburguesa como todo el mundo. Esa historia pequeña lo cambió todo. Pasamos de hacer 600 panes al mes a hornear 1.000 al día.
A finales de 2025 mudamos el obrador a Coslada. No fue solo logística; fue la confirmación de que esto había dejado de ser un experimento.
No hemos terminado. Cada error, cada fórmula descartada y cada pequeña victoria nos ha traído hasta aquí, sabiendo por fin qué queremos hacer y cómo hacerlo bien.
«Mi hijo y yo también tenemos sensibilidades. Todo lo que sale de Casa Brioche lo probamos nosotros primero. Si no nos convence, no sale.»
No necesitas creer en nosotros todavía.
Necesitas probar un producto, o contarnos qué necesitas. El resto — el obrador, las 200 fórmulas, los años de ajustar cada receta — es lo que hay detrás, no lo que te pedimos que aceptes de entrada.
¿Empezamos?
