No horneamos para restringir. Horneamos para elevar.
Somos investigadores, desarrolladores y fabricantes de alimentos para dietas especiales. El I+D está en nuestro ADN: siempre investigando, siempre desarrollando.
Empezamos horneando para celíacos; hoy horneamos para cualquiera que come «sin lo que no le va»: sin gluten, sin frutos secos — sin alérgenos hasta donde es sensato, y sin renuncia nunca.
Creemos que el «sin» ha vivido demasiado tiempo conformándose. Pan que sabe a cartón. Galletas que se deshacen. La resignación de aceptar menos. Nosotros horneamos para lo contrario.
Creemos en el obrador antes que en la fábrica, pero con el rigor de un laboratorio. En la masa antes que en el aditivo. En la paciencia antes que en la prisa. Horneamos bajo pedido en un obrador 100% sin gluten en Coslada, y no sacamos nada que no probemos nosotros primero — porque también tenemos sensibilidades.
Cada fórmula es lo que queda después de descartar cientos de recetas. Nunca dejamos de afinar. Y desarrollamos también para otros: marca blanca, hasta donde la técnica lo permite.
Empezamos en 2021, un padre y un hijo, en una vieja churrería de Madrid. Hoy horneamos para hogares, restaurantes y colegios que exigen lo mismo que nosotros: que encaje en su dieta y que esté realmente bueno.
Siempre investigando. Siempre desarrollando. Sin renuncia.
La historia completa
Antes de Casa Brioche hubo treinta años de ingeniería. Plantas industriales en algunos de los entornos más exigentes del planeta: plataformas petrolíferas en Maracaibo, megaproyectos en Emiratos, Corea, Arabia Saudí, Bélgica, Portugal. Un currículum impecable. Y una pregunta que no se iba: ¿es esto a lo que quiero dedicar mi vida?
Llegamos a Madrid desde Venezuela en 2007. La respuesta tardó, pero llegó el día en que dejó de poder ignorarse.
Alguien muy cercano vive con varias sensibilidades alimentarias. Si tienes a alguien así cerca, conoces la resignación: el pan que sabe a cartón, la galleta que se deshace, el momento en que dejas de esperar que algo «sin» pueda estar bueno. Nos parecía inaceptable.
En abril de 2021, padre e hijo abrimos en una vieja churrería de Chamberí. Probamos 200 recetas. La mayoría acabó en la basura. Aprendimos a las malas: producciones enteras tiradas, un pan que no crecía y no sabíamos por qué —hasta que un descuido lo dejó de más en el horno, se quemó… y creció. Ahí estaba la respuesta que llevábamos meses buscando.
La señal definitiva la trajo la cocinera de un restaurante cercano que venía cada semana a por nuestro pan de hamburguesa. La mujer del dueño era celíaca; era la única forma que tenía de comerse una hamburguesa como todo el mundo. Esa historia pequeña lo cambió todo. Pasamos de 600 panes al mes a 1.000 al día. Afinamos la receta hasta que no quedó nada que afinar —y seguimos afinando—. Lo que facturábamos el primer año lo facturamos hoy en un mes.
A finales de 2025 mudamos el obrador a Coslada: más espacio, más capacidad, una operación de verdad. No fue solo logística; fue la confirmación de que esto había dejado de ser un experimento.
No hemos terminado. Cada error, cada receta descartada y cada pequeña victoria nos ha traído hasta aquí, sabiendo por fin qué queremos hacer y cómo hacerlo bien. Lo que viene es lo más emocionante que hemos hecho.
«Mi hijo y yo también tenemos sensibilidades. Todo lo que sale de Casa Brioche lo probamos nosotros primero. Si no nos convence, no sale.»